viernes 30 de octubre de 2009

Qué deseos de llorar



Me tomo un vasito de Sobrón, Rioja de 2003, mientras escribo estas líneas. A veces me acuerdo de que existe el vino y bajo a la bodega de la plaza Joanich a comprar una botella de algún buen rioja.


El título del post viene a cuento del artículo de homenaje que Villoro le dedica a J.A. Masoliver Ródenas, el crítico-faro del Culturas y que el suplemento ha publicado a doble página esta semana. Esa gota que colma el vaso de lo que no soportas más tiempo. No, nada que objetar a que un crítico literario por una vez salga por la puerta grande, a hombros de un autor, y reciba aplausos y parabienes. Nada contra una celebración digna, ni contra la exageración típica de un homenaje. Es un poco una mamada, pero el homenajeado no tiene la culpa. Supongo. El problema es que lo que subyace en el discurso de Villoro. Porque, en definitiva, ¿es grande Villoro? ¿Lo será? ¿Basta con un cierto encanto, con una indudable habilidad para narrar anécdotas, y con una cultura extensa para ocupar un lugar privilegiado en el canon de lo que nos conviene leer? Sin duda basta y sobra para publicar, basta y sobra para dedicarse a la literatura. Pero no basta y no sobra para legitimar párrafos como el que sigue:

"Hay críticos que conciben sus notas como un definitivo punto de llegada, el
tribunal que consagra o aniquila para siempre, la llamarada que alumbra o
calcina. Esta clase de redentores o de verdugos se juzga superior a las obras
comentadas. La inconfesada pasión de esos plumíferos es que Onetti sobreviva por
lo que ellos dijeron de él".

El párrafo es en sí mismo una joya al topicazo y un excelso ejemplo de ranciedad. Es fácil saber a quién dispara Villoro, y a estas alturas la unanimidad en el blanco de las venenosas frases, supuestamente enigmáticas y supuestamente generalizadoras, resulta muy significativa. También Eduardo Mendoza decía hace nada, tras criticar el escaso interés de las novelas hoy: "no, yo no disparo contra niños, como hacen algunos críticos". A mí también me indignó aquella sección en Babelia dedicada a "catar" primeras novelas, en la que los dos críticos que se hicieron cargo de ella hicieron una auténtica escabechina, sin ningún rigor crítico. Pero resulta vergonzante que autores que ya están situados arremetan contra un crítico y tomen a los lectores, al público, como rehenes de una rencilla personal, de un orgullo herido, por circunstancias que no conocen ni les incumben, en lugar de dedicarse a responder con los instrumentos propios de la literatura y de la reflexión literaria a los ataques que consideran tan injustos. El problema de lo que está sucediendo, según veo, es doble: que como reyezuelos de la corte literaria, creían tener a su disposición a un secretario, a un escriba o a un notario de sus hazañas y de pronto se han visto desasistidos, en cueros y frágiles, precisamente cuando ya solo esperan las galas y honores de una posteridad garantizada. De ahí, seguro, esos cambios a editoriales con dinero y publicidad frescos. A un nivel más psicoanalítico, aunque sea un psicoanálisis salvaje, y mejor que lo sea, estos escritores --nens de casa bona, que diría Laura Freixas-- se han perdido en su reflejo cuando el espejo les dice que no son las más bonitas, ni las más jóvenes ni las reinas sempiternas de la fiesta. Al final, siempre termina siendo Alan Pauls el que me parece mejor dotado para torear estas angustias, el más autosuficiente y el que mejor sabe digerir y soslayar estas pequeñas o enormes tragedias narcisistas. Porque Pauls tiene integrados en su texto no el dilema de estas dudas típicas ---¿soy el más mono, el más requetemás escritor de nuestra década?--, sino la perspectiva y el mecanismo que las provoca, y haciéndolas tema de sus textos, sin ser definitivo, dibuja, como creo que nadie hace por aquí, el túnel de salida. Por eso, en este post he puesto esta foto del driver que llevó por San Francisco al Sartorialist, (ya sabéis quién es: ese hombre guapo, con una cara robada a algún actor de los años cincuenta, que lleva un blog con fotos de gente estilosa y extravagante a la que retrata en la calle por el mundo): un hombre feliz y elegante, encantado con su trabajo; un hombre capaz de transformar un oficio supuestamente servil en un placer lujoso.


lunes 26 de octubre de 2009

ÁGORA, o el sueño gay de Alejandría, digo de Amenábar

Imagen reciente de Alejandría: de www.viajeaafrica.com
Salgo de ver Ágora, la aclamada película de Amenábar. Dios mío, creo que no había visto una película tan gay desde La reina Margot, de Patrice Chereau. Como suele ocurrirme en las películas de Amenábar he estado a punto de salir, de escapar, del cine antes de terminar, con esa sensación de hastío, con ganas de preguntarle: "oye, guapo, por qué no haces ya esa película gay que te debes a ti mismo y nos dejas en paz a los que creemos de verdad en el cine y en todo lo que la vida puede ofrecernos de bueno?". Bueno, la Hipatia de Amenábar es una auténtica pava, sin nervio, sin garra, pensando en sus elipses mientras prefectos macizos, bellos esclavos y otros maromos beben los vientos por ella. Pobre Rachel Weisz. No sé si irá a los oscar, puede ser, sí, claro, por qué no, creo que los judíos quedan bien en el filme, sí, es verdad, lapidados por los malísimos cristianos, pobres judíos, qué listo es Amenábar. Sí, pobres judíos, ah, sí, un oscar para el mariconcente de Amenábar.


Es que son demasiados iconos: el faro de Alejandría, su biblioteca, el Egipto feliz, la sabiduría antigua, manoseados en un contexto de cartón piedra.

Lo siento, bueno, no, no lo siento mucho. Siento más lo mal que quedamos siempre las mujeres en las películas de Amenábar. Qué adolescente resabiado, qué fastidio. Cuánto tonto junto para aplaudirle. Entre él y David Rocha, (y sus palmeros) van a acabar con el buen cine español.

Más en serio: invito al espectador de Ágora a encontrar las claves freudianas de las distintas pulsiones que mueven a los personajes. Hágase un listado de todas ellas y extráigase un modelo de comportamiento de los personajes protagonistas de las pelis de Aménabar. Y tendremos todo lo que usted quería saber, y más de lo quería saber sobre las pulsiones misóginas de nuestro más reverenciado cineasta.


Sigamos, piensen en todo lo que se ha escrito sobre el antiguo Egipto, sobre sus hermosos dioses y sus no menos hermosas creencias, sobre el elogio de la feminidad (traduje justamente Las egipcias, un bonito texto del ínclito Christian Jack) que traslucen todos los frescos del arte egipcio, sobre la profundidad que revelan sus creencias, su religión y sus tradiciones, su ciencia incipiente; súmese todo el cuarteto de Alejandría, de Durrell, toda la tradición literaria europea volcada sobre África, y réstese todo eso de Ágora para discernir de qué carece este encumbrado muchacho.


No. Yo no creo que tenemos el cine (o la literatura, o el sexo, o la vida) que nos merecemos. Al contrario, no nos merecemos que Aménabar pase por ser un genio.

miércoles 21 de octubre de 2009

Los bastardos bastardos de Tarantino

Quentin Tarantino


La sala del cine estaba llena en la sesión de las siete, el público era enterado y a todas luces seguidores fieles de Tarantino. Y, a pesar de esa complicidad entregada desde antes de empezar, fue obvio que la película no gustó. Yo llegué unos cinco minutos tarde, en el momento en que el actor que interpreta al superasesino nazi está queriendo sonsacar a un francés dónde se ha escondido la última familia judía que quedaba en la aldea. Y esa escena ya era demasiado larga. Un director de cine dijo que en una película puede haber mucho movimiento y parecer lenta o puede mantener a los personajes quietos y parecer, sin embargo, agitada y vivida. Los bastardos de Tarantino es lenta, es tonta y es mala. El problema no es que se hayan escrito y llevado al cine dieciocho millones de películas sobre los nazis, el problema es que las hemos visto. Y como tampoco hace tantísimo tiempo que había cines de sesión doble en las que los críos podían empapuzarse de Bergman, Bogart, Lubitsch, Truffaut, el western de Ford, las bélicas de Kubrik o Coppola, Tarantino a la fuerza se encuentra con gente de su edad que sabe que con una peli sobre el holocausto en la que se muestran las miserias cometidas por los nazis te llevas el oscar de calle, pero que también sabe que Lubitsh ya hizo algo grande riéndose de los nazis, por no hablar de Charlot.


Si parece que el actor que interpreta al nazi borda el papel es sencillamente porque los demás casi no tienen papel que bordar. Brad Pitt no está en su mejor papel, como dicen por ahí, sino haciendo una caricatura de cómic. Por el físico es un eco paródico de los galanes aventureros y heroicos de las auténticas películas de guerra, pero se pierde en la parodia. Lo mismo sucede con los retratos de Goebbels y la crítica a las películas de Reni Liefensthal o de Pabst. Quizá sea ése el problema del reciclaje, que también tiene Los soldados de Salamina, de Cercas. Cuando la realidad que un pinta está demasiado lejos y vas a tiro fijo, ya solo se ve el cartón piedra, incluso en las emociones.

Diane Kruger es mejor actriz de lo que yo esperaba, pero la pobre tiene que hacer creíble la escena de la ratonera que no tiene pies ni cabeza desde el principio. La actriz francesa Melanie Laurent y Daniel Bruhl están bien, pero sin duda para otra película, menor. La presencia de esta pareja es, por lo que parece, un guiño a elementos externos de la película: Melanie Laurent es actriz revelación en su país y el de Brühl responde irónicamente aquí al que le lanzó a la fama Good bye, Lenin. Como Tarantino no va a profundizar en este hilo del argumento, al final todo queda en una ensalada de tiros para ir cerrando a la manera de Tarantino temas que no dan de si.

Porque el tema de un comando de judíos ultraviolentos, cuya inteligencia está entre el borderline y el psicópata, comandados por un jefe ufano y carismático (Pitt), que se dedican a acabar con la vida de los nazis más peligrosos, que pretende además poner fin al Tercer Reich y que deja señalados con la esvástica a los que liberan para evitar que un día puedan ocultar su identidad, recuerda demasiado al Mossad, con su elogio de la impunidad. Aunque los espectadores que llenaban conmigo la sala del Verdi seguramente no pensaban en el Mossad, sin duda pensaban que el tema era demasiado serio para reescribir la historia de una manera tan zafia.
¿Y dónde está Lubitsh? Esa pregunta pareció quedarse flotando cuando se encendieron las luces y nadie apladió, olvidados ya del 'Cat People (Putting Out Fire), de David Bowie.

martes 20 de octubre de 2009

No os olvidéis de leer a José Angel Cilleruelo

Foto: Masterafg. Rafael Obligado, 2008


Mientras yo termino de poner mis huesos en orden, y de relajar mis músculos maltrechos por el ordenador y los ratones --¡bendito sea Apple que dicen que ha inventado un superratón ultratáctil!--, y de poner a punto una brevísima traducción sobre Echenoz y su editor Lindon escrita por JL, y de superar el pasmo que me llevé con la última de Quentin Tarantino y sus Ingloriuos basterds, no os olvidéis de leer lo que, aquí en el blog de al lado, El visir de Abisinia, está escribiendo José Ángel Cilleruelo: Sudestada. De la belleza y de la fatalidad. La precisión poética es una forma de inteligencia depurada, no de oficio.
(Volveré para rumiar acerca de "El desprestigio de los escritores", esta campaña menos en pro de la literatura que de un statu-quo obsoleto).

miércoles 14 de octubre de 2009

Le pitre pitieux

Fuente: internet


Todos tenemos guardados los nombres de las personas a las que no podemos ver ni en pintura. Por eso pongo en lugar de la fotografía del tipo al que me refiero esta imagen de los payasos tristes, de expresión tortuosa, que da una idea acertada de la sensación de desasosiego que pueden transmitir al que los mira. Me dijeron que (por fin) J-Ll. se había jubilado. Me alegro: pésimo profesor y peor amigo. Irreductible en su tacañería, sin duda junto con Antoni Munné y Didier Coste, Ll. ha sido de las personas más nefastas con las que he trabajado nunca. La primera vez que hablé cara a cara con él --era mi profesor en primero de facultad en Filología española--, yo tenía unos 20 años y le pedí una bibliografía de autores franceses de teoría literaria. Eran títulos imposibles de encontrar o muy caros, entonces quedaron pendientes de leer. La última vez que hablé con él, en 1997, él me había dejado un mensaje airado en mi contestador reclamándome unos libros de Anagrama, que yo tomé prestados del montón que él apartaba para regalar porque no pensaba leerlos. Todavía me arrepiento de no haberle devuelto esos mismos libros cortados a tijeretazos en lugar de enviárselos pulcramente envueltos en un sobre. Seguro que esos golpes de tijera suponían ya más interés que el que él iba a dedicarles nunca. Entre una punta y otra de tiempo, su feroz misoginia disfrazada de ropajes aduladores, su clasismo disfrazado de educación y de gusto exquisito, sus celos imposibles ante las amistades de su amigo, que era mi mejor amigo en la universidad, su profundo y disimulado desprecio a los que no venimos de "casa bona" y debemos ganarlo todo a golpe de esfuerzo, de entusiasmo, de blindajes emocionales. Es irónico que últimamente se presente como defensor de la "excelencia" en su peculiar campaña anti-Bolonia. Ja,ja,ja.
Lo tenía completamente olvidado y hasta fui feliz durante años, en ese olvido de viejos fantasmas que siguió a 1997, pero bastó que Ignacio Echevarria pronunciara esa frase, hace ya cuatro años: "Deberías recuperar a Ll." para que toda la náusea de los tiempos de Ll.-Munné y toda la pesca volviera con ella. No supe responderle: "No me quieras tan mal". Porque no hay peor viaje que el que te lleva de vuelta al lugar del que has escapado.
Debe de ser eso lo que sienten algunos cubanos en relación a Batista y que les lleva a defender la revolución pese a todas las dificultades: un cambio de paradigma en el que no cabe volver atrás. Mis penalidades --hasta que Ignacio Echevarria pronunció la frase de las narices-- eran también mi triunfo, pues no había servidumbre ante nadie y eran, son, penalidades compartidas con otros muchos, que no deben su posición ni el reconocimiento a unos apellidos ni a contactos sagazmente administrados.
Non serviam.

jueves 8 de octubre de 2009

Imaginando zebras

Los niños palestinos montados en sus burrizebras o cebriburros
Copy: Reuters


"El caso es que el zoo, que ha vivido mejores tiempos, llegó a tener cebras de verdad. Pero murieron, como cientos de palestinos, en un ataque de Israel." Ésta frase, entresacada de una de esas noticias amables que proliferan en tiempos de crisis, y que publica hoy El País, podría ser un buen principio para una novela.

Bien, no sé si vuelvo. En todo caso, vuelvo de otro modo, algo beligerante. He estado increíblemente deprimida, con ganas de descargar la bilis contra éste y aquél y aquel otro, pero en cuanto me pongo delante de la pantalla para escribir en el blog siempre surge un resorte celebratorio, tal vez vitalista, de ninguna manera puritano, sino que, como con la historia de esas zebras de mentira, me cuesta no preferir darle aire a la imaginación en lugar de quejarme de esto y aquello, como es la maldita y tóxica costumbre en otros blogs, o engolar la voz, impostar el gesto y largar a quien me lea diecisiete sesudas reflexiones a cuenta de algún libro o de algún autor que no se tomará la molestia de agradecer el gesto.


Hay una voz para los demás, que solo es uno de tantos camuflajes que nos proporciona la época, la edad, o el momento. Y hay una voz profunda, que cuando es desatendida dicta los silencios, las retiradas, la deserción de nuestro entorno, las pasmosas decisiones, menos precipitadas de lo que pueda parecer.

En estas últimas semanas esa segunda voz ya es de descontento profundo, de rabia, pide paso y eso significa hablar de cómo el regreso de determinadas personas, a las que tenía bien archivadas en la carpeta "pasado", me ha desmontado el humor, las ganas de escribir y me ha tenido enclaustrada incapaz de interesarme realmente por nada. Pero también lo mucho que me enfada que lo que se entiende por mundillo cultural oficialmente progresista sea tan ridículamente clónico, tan bobo en su elitismo.

Ya continuaré, con detalles y nombres propios. Entretanto, voy imaginando zebras. En realidad, creo que nunca he hecho otra cosa, que de eso se trata en una novela, de pintar a los burros de modo que de lejos parezcan zebras traídas de África. Mientras llegan las bombas...

La frase me ha traído el recuerdo de cuando trabajaba para Médicos Sin Fronteras en la sede de Barcelona y la sensación de estar haciendo algo que le servía a alguien. Muy distinto de lo que he sentido los tres últimos años.


viernes 25 de septiembre de 2009

mi fan en CHICAGO, salude. Vuelvo un día de éstos...


verano 2009. Fotos: MJ Furió

hola, vuelvo un día de éstos, cuando me den el alta del dolor de manos-dedos-brazos, etc., y vean si las parestesias de la mano no van a mayores.
Mi fan en Chicago, que usa Linux, podría saludar... y lo mismo el de Vigo, y el de Buenos Aires. (Sólo muerdo los lunes.)


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Hay gente que se dedica a hablar mal de Barcelona, y es cierto que es una ciudad difícil desde que el Ayuntamiento (socialista, de carcajada) ha sacado de paseo sin tapujos su lado pijo, pero pese a ellos, Barcelona nos brinda a los contemplativos panoramas e imágenes que se quedan grabadas en la retina. Las ciudades mediterráneas no tienen amo.