
Me tomo un vasito de Sobrón, Rioja de 2003, mientras escribo estas líneas. A veces me acuerdo de que existe el vino y bajo a la bodega de la plaza Joanich a comprar una botella de algún buen rioja.
El título del post viene a cuento del artículo de homenaje que Villoro le dedica a J.A. Masoliver Ródenas, el crítico-faro del Culturas y que el suplemento ha publicado a doble página esta semana. Esa gota que colma el vaso de lo que no soportas más tiempo. No, nada que objetar a que un crítico literario por una vez salga por la puerta grande, a hombros de un autor, y reciba aplausos y parabienes. Nada contra una celebración digna, ni contra la exageración típica de un homenaje. Es un poco una mamada, pero el homenajeado no tiene la culpa. Supongo. El problema es que lo que subyace en el discurso de Villoro. Porque, en definitiva, ¿es grande Villoro? ¿Lo será? ¿Basta con un cierto encanto, con una indudable habilidad para narrar anécdotas, y con una cultura extensa para ocupar un lugar privilegiado en el canon de lo que nos conviene leer? Sin duda basta y sobra para publicar, basta y sobra para dedicarse a la literatura. Pero no basta y no sobra para legitimar párrafos como el que sigue:
"Hay críticos que conciben sus notas como un definitivo punto de llegada, el
tribunal que consagra o aniquila para siempre, la llamarada que alumbra o
calcina. Esta clase de redentores o de verdugos se juzga superior a las obras
comentadas. La inconfesada pasión de esos plumíferos es que Onetti sobreviva por
lo que ellos dijeron de él".
El párrafo es en sí mismo una joya al topicazo y un excelso ejemplo de ranciedad. Es fácil saber a quién dispara Villoro, y a estas alturas la unanimidad en el blanco de las venenosas frases, supuestamente enigmáticas y supuestamente generalizadoras, resulta muy significativa. También Eduardo Mendoza decía hace nada, tras criticar el escaso interés de las novelas hoy: "no, yo no disparo contra niños, como hacen algunos críticos". A mí también me indignó aquella sección en Babelia dedicada a "catar" primeras novelas, en la que los dos críticos que se hicieron cargo de ella hicieron una auténtica escabechina, sin ningún rigor crítico. Pero resulta vergonzante que autores que ya están situados arremetan contra un crítico y tomen a los lectores, al público, como rehenes de una rencilla personal, de un orgullo herido, por circunstancias que no conocen ni les incumben, en lugar de dedicarse a responder con los instrumentos propios de la literatura y de la reflexión literaria a los ataques que consideran tan injustos. El problema de lo que está sucediendo, según veo, es doble: que como reyezuelos de la corte literaria, creían tener a su disposición a un secretario, a un escriba o a un notario de sus hazañas y de pronto se han visto desasistidos, en cueros y frágiles, precisamente cuando ya solo esperan las galas y honores de una posteridad garantizada. De ahí, seguro, esos cambios a editoriales con dinero y publicidad frescos. A un nivel más psicoanalítico, aunque sea un psicoanálisis salvaje, y mejor que lo sea, estos escritores --nens de casa bona, que diría Laura Freixas-- se han perdido en su reflejo cuando el espejo les dice que no son las más bonitas, ni las más jóvenes ni las reinas sempiternas de la fiesta. Al final, siempre termina siendo Alan Pauls el que me parece mejor dotado para torear estas angustias, el más autosuficiente y el que mejor sabe digerir y soslayar estas pequeñas o enormes tragedias narcisistas. Porque Pauls tiene integrados en su texto no el dilema de estas dudas típicas ---¿soy el más mono, el más requetemás escritor de nuestra década?--, sino la perspectiva y el mecanismo que las provoca, y haciéndolas tema de sus textos, sin ser definitivo, dibuja, como creo que nadie hace por aquí, el túnel de salida. Por eso, en este post he puesto esta foto del driver que llevó por San Francisco al Sartorialist, (ya sabéis quién es: ese hombre guapo, con una cara robada a algún actor de los años cincuenta, que lleva un blog con fotos de gente estilosa y extravagante a la que retrata en la calle por el mundo): un hombre feliz y elegante, encantado con su trabajo; un hombre capaz de transformar un oficio supuestamente servil en un placer lujoso.





